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Apr 01, 2026

PARTE 2: LA PUERTA BAJO LA PANADERÍA

Elena bajó lentamente las escaleras hacia el sótano.

El olor la golpeó primero.

Humedad.

Harina vieja.

Miedo.

Los tres niños estaban vivos, pero apenas parecían niños. Tenían los rostros pálidos, los labios secos y los ojos demasiado quietos para su edad. Sofía se aferraba a su hermana mayor como si soltarla significara perderla otra vez.

—¿Cuántos más hay? —preguntó Elena, mirando al panadero esposado en el suelo.

El hombre no respondió.

Solo sonrió.

Y esa sonrisa le heló la sangre.

Entonces, desde el bolsillo del panadero, comenzó a sonar un teléfono.

Todos los oficiales se quedaron inmóviles.

Elena lo tomó, miró la pantalla… y vio un mensaje nuevo.

“¿Ya preparaste a los niños para el traslado?”

Su estómago se hundió.

Esto no terminaba en la panadería.

Era más grande.

Mucho más grande.

Elena abrió el mensaje anterior.

Había una dirección.

Un almacén abandonado cerca del río.

Y una hora.

Esa noche.

La niña Sofía levantó la mirada, temblando.

—Ahí se llevaron a los demás…

Elena sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

—¿Cuántos?

La niña tragó saliva.

—No sé… pero mi hermano está allí.

Antes de que Elena pudiera responder, las luces del sótano parpadearon.

Una vez.

Dos veces.

Luego todo quedó en oscuridad.

Arriba, alguien gritó.

Y por la radio policial llegó una voz entrecortada:

—Detective… tenemos movimiento afuera. Una camioneta negra acaba de llegar.

Elena apretó la mano sobre su arma.

Porque en ese instante comprendió algo aterrador.

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No habían llegado para huir.

Habían llegado para llevarse a los niños que quedaban.

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